La tormenta rugía como si quisiera arrancar el techo, y yo no podía dormir. Mi camisón de seda se pegaba a mis tetas y muslos, el aire estaba tan denso que podía oler la lluvia. Cuarenta y dos años, viuda, cachonda como nunca, y pensando en mis decisiones de vida cuando de pronto oí que la puerta de mi habitación se abría despacio.
Un relámpago iluminó la habitación, y ahí estaba él: Alex, veintidós años, mi hijastro, descalzo con esos pantalones de chándal negros que siempre le colgaban demasi