Llevaba tres meses viviendo con Jake, y cada puto día era una tortura de la mejor clase.
Medía 1,88, estaba construido como si pasara la mitad de su vida en el gimnasio, con el pelo oscuro siempre revuelto y esa media sonrisa perezosa que me hacía un nudo en el estómago. Compartíamos el alquiler de un pequeño apartamento de dos habitaciones, y las paredes eran tan finas que podía oírlo ducharse cada mañana.
Me quedaba tumbada en la cama fingiendo que miraba el móvil mientras escuchaba el agua c