Después del baño no le permití secarse bien. Quería que estuviera chorreando, desesperado y oliendo a mi gel de coco. Lo llevé desnudo por el pasillo, con la polla ya medio dura otra vez, balanceándose pesada entre sus muslos. Pero le había dejado claro: no se correría otra vez hasta que se lo ganara.
Me detuve en medio de la sala, con el sol entrando a raudales por las grandes ventanas, y lo empujé sobre la mullida alfombra.
—Siéntate. Manos detrás de la espalda.
Se dejó caer al instante, con