El crepúsculo francés no cayó de forma gradual; se desangró sobre las fachadas de piedra caliza de Neuilly-sur-Seine como hierro líquido derramado sobre un lienzo de tiza. El sol moribundo, filtrado por la densa contaminación de París y las nubes bajas del norte, proyectaba largas líneas horizontales de un color carmesí espeso y violento que se arrastraban por el suelo de la suite médica. Afuera de las altas ventanas de seguridad arqueadas del Hospital Americano de París, el patio privado se extendía con una perfección geométrica y maniática, silencioso, frío y sofocante, rodeado por muros de piedra que amortiguaban por completo el rugido distante del tráfico del bulevar.Dentro de la Habitación 409 del ala de cuidados intensivos neonatales, el único sonido que quebraba la pesadez del ambiente era el siseo rítmico, neumático y artificial (shhh-tuck, shhh-tuck) de una incubadora de última generación. Era una cápsula clínica, prístina, fabricada en plexiglás reforzado y titanio cromado,
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