El jardín de nuestra casa en el campo era, en esas tardes de primavera, el lugar más feliz del mundo.
Desde el porche, con una taza de té en la mano, observaba a nuestros hijos corretear entre los rosales. William, con sus siete años recién cumplidos, corría detrás de una mariposa con la energía incansable de la infancia. Su hermana Victoria, de cinco, lo seguía a tropezones, sus cortas piernas esforzándose por alcanzarlo.
—¡William, espérame! —gritaba ella, con es