La humedad del bosque y el olor a metal viejo del camión quedaron atrás, reemplazados por el aroma punzante del aire salino y la resina de pino. Habíamos cruzado tres fronteras bajo nombres falsos, durmiendo con un ojo abierto y la mano sobre la culata del arma, pero cuando el camión se detuvo finalmente frente a aquella cerca de madera descolorida, el silencio que nos recibió no era el de una tumba, sino el de una promesa.-Hemos llegado -dije en un susurro, como si hablar demasiado alto pudiera romper el hechizo y devolvernos a la mansión de los Ricci.Aria despertó a mi lado. Sus ojos, marcados por ojeras de cansancio y tensión, buscaron los míos antes de mirar hacia el exterior. A través del cristal sucio del camión, se extendía una pequeña colina que moría en un acantilado bajo, y sobre ella, una casa de madera y piedra que parecía haber estado esperando por nosotros desde el principio de los tiempos. No era una mansión de mármol frío; era una estructura robusta, con grandes vent
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