Pedro GenaroLas pesadas campanas de hierro del pueblo bajo oscilaron con el viento, golpeando los postes con un ruido sordo y metálico que resonó por las paredes del cañón. Abajo, la manada estaba de pie en filas delgadas, con los hombros encorvados contra el aire helado de la montaña. Las hogueras parpadearon en los pozos, pero apenas emitían calor, y el brillo naranja apenas alcanzaba las caras de las familias que se amontonaban en la tierra.Recosté mi peso contra la roca irregular del acantilado, sintiendo cómo la piedra se clavaba en mi hombro a través de la piel gruesa de mi abrigo. Mis dedos se curvaron alrededor del borde del saliente, con los nudillos blancos, mientras miraba hacia la plaza silenciosa. Nadie hablaba, y los tambores que normalmente marcaban el ritmo de estas fiestas estaban cubiertos por lonas polvorientas, ignorados y olvidados en el centro del patio.El aroma a humo de cedro seco subió desde abajo, trayendo consigo el toque metálico de las nuevas vallas de
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