Minutos después, se abrió la puerta de la sala de interrogatorios.Jorge ya estaba sentado al otro lado de la mesa metálica, esposado, con los hombros caídos y el rostro marcado por las noches sin dormir. La arrogancia que siempre lo había acompañado parecía haberse disipado, quedando solo un hombre acorralado, pero aún demasiado orgulloso para bajar la cabeza.Fernando entró lentamente. No mostraba ira, ni satisfacción. Solo un silencio pesado.Amaral y Dias ocuparon sus puestos, atentos.Durante unos segundos, nadie dijo nada.Fernando se quedó de pie, observando a Jorge como quien intenta reconocer a un extraño utilizando el rostro de alguien que en su día fue cercano. Cada recuerdo, las risas, los acuerdos, la confianza, pasaron como una película muda.Jorge apartó la mirada primero.Fernando se sentó entonces, apoyando los brazos en la mesa. Su voz, cuando se oyó, era demasiado tranquila para aquel ambiente.—¿Por qué, Jorge?Jorge respiró hondo, como si sacara del pecho todo lo
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