Lejos de allí, en la sala de interrogatorios, Jorge esperaba. Echó un vistazo rápido al espejo unidireccional. Sabía exactamente lo que había al otro lado, pero mantuvo la mandíbula tensa y las manos entrelazadas sobre la mesa metálica, tratando de aparentar control.Lo habían detenido unas horas antes, en casa de su hermana, Valéria, mientras visitaba a Mariana. Dos policías se habían identificado, le habían mostrado la orden de detención preventiva y le habían leído sus derechos. Jorge no reaccionó. Mariana se derrumbó en lágrimas, aferrándose a su brazo, mientras que Valéria permaneció inmóvil, con el rostro pálido, tratando de comprender.—¿Qué has hecho, Jorge? —preguntó ella, con voz temblorosa.Él respiró hondo antes de responder, eligiendo las palabras.—Nada. Debe de ser un malentendido.Pero, por dentro, algo ya le avisaba. Aquello no era un simple error. Alguien había hablado.Ahora, sentado allí, oyó el sonido seco de la cerradura al abrirse. La puerta se abrió, interrumpi
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