El día de la visita amaneció gris, como si el cielo reflejara el peso que Valéria llevaba en el pecho. El juicio ya había terminado. La sentencia había sido dura, definitiva: la pena máxima.
Al atravesar los fríos pasillos de la prisión, Valéria sintió que el corazón se le oprimía a cada paso. El sonido metálico de las puertas cerrándose tras ella era como una puñalada en el corazón.
Jorge entró escoltado por dos agentes. Llevaba el uniforme de la prisión, con el rostro abatido. Cuando la vio,