Ya al final de la tarde, Carlos se alejó de la obra y llamó a Laís. Al otro lado de la línea, su voz sonó suave, como siempre, y el corazón de él se llenó de calor.
—Hola, amor —dijo él, sonriendo sin darse cuenta.
—Hola… ¿cómo van las cosas por ahí? —preguntó ella, curiosa y cariñosa.
—Están tomando forma. El terreno, la casa… y nuestro sueño también.
Hubo una breve pausa, como si él quisiera que ese momento quedara grabado para siempre.
—He elegido el nombre de la finca.
— ¿Ah, sí? —la voz de