Minutos después, se abrió la puerta de la sala de interrogatorios.
Jorge ya estaba sentado al otro lado de la mesa metálica, esposado, con los hombros caídos y el rostro marcado por las noches sin dormir. La arrogancia que siempre lo había acompañado parecía haberse disipado, quedando solo un hombre acorralado, pero aún demasiado orgulloso para bajar la cabeza.
Fernando entró lentamente. No mostraba ira, ni satisfacción. Solo un silencio pesado.
Amaral y Dias ocuparon sus puestos, atentos.
Dura