YELENALa noche había caído, espesa y pesada, como una cortina de terciopelo que oprimía la ciudad. Le había prometido a Lena... que por fin podría correr. Por fin podría estirarse, sentir el viento en su pelaje y saborear la libertad que tanto anhelaba.Tenía turno de noche en el hospital, pero primero, debía cumplir mi promesa. Me cambié rápidamente, con el corazón latiendo con fuerza y la adrenalina a flor de piel, y me adentré en el bosque que bordeaba el hospital.El aire olía a pino y tierra húmeda, un aroma que despertó a mi loba. Lena vibraba en mi mente, rebotando como un fuego enjaulado.«¡Por fin! ¡Estoy fuera!», chilló, casi estallando dentro de mí. Sentí su energía derramándose en mis huesos, salvaje y frenética, haciéndome sonreír a pesar de la tensión en mi pecho.Pero esa alegría se desvaneció al instante.Un horror me esperaba. Mi lobo gruñó, una advertencia que no podía ignorar. Allí, bajo el resplandor enfermizo de la luna, una figura se arrodillaba sobre un humano,
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