YELENADespués de horas al volante, por fin vi el letrero de la estación. Apreté el volante con más fuerza, con el corazón latiéndome con fuerza.Unos minutos más tarde, llegué a la prisión principal. Encontré un sitio, aparqué y bajé. El aire era denso, de esos que te oprimen el pecho, y sentí un nudo en el estómago.Dos guardias estaban afuera; su presencia hacía que el lugar se sintiera más frío y severo de lo que prometían las paredes resecas por el sol.Los saludé, con la voz temblorosa a pesar de mi intento de calmarme. Asintieron, silenciosos pero atentos. Uno me indicó que me acercara al edificio. Los seguí, con pasos vacilantes, arrastrando los nervios conmigo.Adentro, les dije a quién quería ver. No respondieron de inmediato. En cambio, me hicieron sentarme, en algún lugar entre las paredes y el frío suelo, y esperar.Pasaron los minutos, pero parecieron horas; cada tictac del reloj resonaba en mis costillas. Finalmente, apareció un guardia.“Está en la sala de visitas.”S
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