TRISTAN
Habían pasado horas, o tal vez solo minutos... ya no tenía ni idea.
Llevaba un buen rato sentado allí, con cada músculo en tensión, esperando a que alguien —quien fuera— saliera y me dijera algo, cualquier cosa, sobre ella.
Pero nadie apareció.
La espera me estaba consumiendo por dentro; cada segundo se hacía más eterno que el anterior, y mi mente volvía una y otra vez a la imagen de ella tumbada allí, con la sangre resbalando por su cuerpo y una fragilidad extrema, como la de un susurr