Primero prepara té.La observo moverse por la pequeña cocina contigua al salón, llenando la tetera, sacando tazas del armario, haciéndolo todo con la tranquilidad de quien sabe que las conversaciones más importantes necesitan un momento de cotidianidad antes de comenzar.No la meto prisa.Me siento en el borde de una silla vieja, cómoda y desgastada de esa forma tan característica de los muebles que han acogido a mucha gente en momentos difíciles. Observo la sala de estar a mi alrededor. Más fotografías. Más papeles viejos apilados en las mesitas auxiliares. Una estantería con libros en tres idiomas, algunos muy antiguos, con los lomos agrietados y cuidados.Trae el té, se sienta frente a mí, envuelve la taza con ambas manos y me mira fijamente.—¿Qué sabes sobre las Lunares? —pregunta.—Lo que me contó Nora —respondo—. Lo que me contó Dominic. Un linaje antiguo. Una conexión con la luna. La capacidad de gestar embarazos de loba.—Eso es solo la superficie —dice—. Eso es lo que dicen
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