Aprieto la sábana contra mi pecho, intentando cubrirme mientras él cierra la puerta con un golpe seco. El sonido retumba en la habitación y hace que un escalofrío me recorra la espalda. Sus ojos me recorren con intensidad, duros y exigentes, y puedo sentir cómo cada mirada me atraviesa como si leyera cada pensamiento, cada emoción que intento ocultar. Se quita la corbata lentamente, dejándola caer al suelo, pero aún sostiene parte de la tela con sus manos, y el roce de ese algodón contra mi piel desnuda me hace estremecerme. Su camisa blanca está abierta en los primeros botones, dejando entrever su pecho fuerte y marcado, y el contraste con sus pantalones oscuros hace que me sienta pequeña, expuesta, vulnerable. —Ordene algo —dice con voz grave, mientras su respiración se mezcla con la mía, acelerando mis latidos. —No soy una empleada —respondo, tratando de sonar firme, aunque mi voz tiembla. Sonríe con arrogancia y desabrocha los primeros botones de la camisa, dejando que mis ojo
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