Son las tres de la madrugada cuando Helena se despierta sobresaltada. Algo no está bien. La casa está en silencio, pero es un silencio distinto, como si el aire mismo contuviera la respiración.Sale al pasillo en bata, con los pies descalzos. La puerta de Lucy está entreabierta. Dentro, una luz tenue parpadea: la pantalla de la tableta, todavía encendida sobre las sábanas revueltas.—¿Lucy? —Susurra, empujando la puerta con cuidado.La niña no está en la cama.El corazón de Helena da un vuelco. Recorre la habitación con la mirada: la cama deshecha, la tableta con la pantalla encendida, la ventana cerrada, el armario...—¿Lucy? —Repite, con la voz más alta, y ahora sí, el pánico empieza a asomarse.Entonces la ve. Está acurrucada en el rincón más oscuro de la habitación, entre el armario y la pared, con las rodillas pegadas al pecho. Sus ojos están abiertos, muy abiertos, y en ellos hay algo que Helena no le había visto nunca: terror.—Lucy, ¿qué pasa? ¿Qué te has hecho? —Helena se arr
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