Adriana fue a Cap-d’Ail.A cuarenta minutos de Mónaco por carretera, con el mar a la derecha y los acantilados al fondo, era el lugar más cercano que no era Mónaco: lo bastante lejos para que el apartamento de Franco no fuera el horizonte visible desde cada ventana, lo bastante cerca para que la distancia no pudiera confundirse con fuga.Reservó dos noches en un hotel pequeño sobre la costa. Habitación con terraza, sin minibar, sin televisión. Llevaba una bolsa con tres cambios de ropa, el cuaderno, la resolución de Renard, una copia digitalizada de la carta de Nerea y el sobre de separación que Franco había firmado sin condiciones.No llamó a Franco el primer día.Tampoco él llamó.Ese silencio fue, quizá, la primera prueba verdadera de la puerta abierta. Franco sabía dónde estaba, porque Damián podía encontrar cualquier cosa si quería, y Adriana no era ingenua respecto de eso. Pero saber no era lo mismo que intervenir. Saber no era presentarse. S
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