La sala de archivo de la Galerie Bellini tenía luz fría, mesas de madera oscura y cámaras de seguridad propias con registro institucional.Eso era lo que Franco había entendido cuando Adriana lo propuso la noche anterior: necesitaban un espacio que no perteneciera ni a él ni a los De la Vega. Un lugar con presencia documental externa, personal propio y una lectura pública difícil de torcer. Si alguna cámara de Robles los fotografiaba allí, la imagen no diría fuga, conspiración ni secuestro. Diría trabajo cultural. Diría patrimonio. Diría legitimidad.En Mónaco, la verdad importaba.Pero la lectura de la verdad importaba antes.Lorenzo les entregó las llaves de acceso a las diez y veinte.Él no entró. Eso también había sido calculado. Lorenzo Bellini disponible por teléfono, fuera del edificio, dejando a la escena la distancia necesaria para no convertirse en el cuadro que Tomás o Robles querrían pintar después: Adriana recién casada, escondida con Franco en la galería del hombre que l
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