KamilaLas palabras de Felipe golpeaban contra mí como olas violentas, y yo solo podía ahogarme. Quería haberlo interrumpido, quería gritar que yo también sentí aquel dolor, que yo también morí un poco cada día sin respuesta, pero mi voz estaba atrapada en algún lugar entre mi pecho apretado y mi garganta seca.Yo apenas lloraba. Eran lágrimas silenciosas, cargadas de un luto por un tiempo que nos fue robado.Escuchar sobre el tatuaje, sobre su desesperación frente a mi antigua casa, fue como sentir la aguja de Rapha perforando mi propia piel. Yo sentía el dolor de él, el mío, el nuestro; un sufrimiento que el destino moldeó con perfección cruel.— Felipe… — intenté decir, cuando él terminó de hablar, pero su nombre salió apenas como un soplo quebrado.Necesitaba que él supiera que no lo dejé por elección. A los dieciséis años, yo era apenas un reflejo de la voluntad de mis padres, y cuando me dijeron que nos íbamos, mi mundo se derrumbó. Recuerdo el día de la mudanza; lloré como si f
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