AmandaCuando Felipe se fue, sonreí alegremente, satisfecha con el fin precoz del reencuentro de él con esa vaca.Subí a mi apartamento para deshacer mi maleta. Realmente viajé, y no fue por casualidad. La intención, desde el inicio, era una sola: hacer que Felipe me extrañara. Quería que él se diera cuenta de lo importante que yo era, que los días sin mí parecieran vacíos, que se despertara, mirara hacia un lado y sintiera que algo esencial faltaba.Pasé horas conduciendo de regreso, el cansancio golpeaba, pero la ansiedad hablaba más fuerte. Lo primero que hice, apenas llegué a la ciudad, fue ir directo a su apartamento. Imaginé que él todavía estaría en la cama, tal vez soñando conmigo, y yo entraría calladita, le daría una sorpresa, lo seduciría y, finalmente, sentiría que él era realmente mío. Pero la realidad que me recibió en la puerta fue un golpe en el estómago.Allí estaba ella. Dentro de su apartamento. Vestía ropas que parecían haber sido puestas a las prisas, el cabello
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