Emma bajó la mirada.Sabía perfectamente qué estaba buscando Natasha: la grieta en la armadura de su matrimonio, la verdad detrás de las ausencias inexplicables de Alexander. Y eso la inquietaba hasta el punto de robarle el sueño algunas noches.— Por eso debemos fingir que no somos nada... —dijo Emma, y la frase le dolió mucho más de lo que ella se imaginaba... Porque aunque era verdad, aunque era necesario para protegerse, escucharla en voz alta hacía que todo pareciera más real, más cruel.Alexander levantó una mano y acarició suavemente una de las mejillas de Emma, trazando con el pulgar la línea de su mandíbula. Su toque era cálido, reconfortante.— No me gusta esto...— A mí tampoco.— Pero lo haremos... —afirmó él con convicción. — Solo sera por ahora.Emma asintió, aunque su corazón se rebelaba. Antes de que pudiera decir algo más, Alexander rodeó suavemente su cintura y la acercó hacia él. Sus cuerpos se encontraron sin que ninguno de los dos objetara.— Alexander...— Escúch
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