La puerta metálica de mi celda chirrió al abrirse. Era temprano y la luz del pasillo era cruda y brillante. Me incorporé en el delgado colchón, con el cuerpo todavía muy dolorido por lo de ayer. Un guardia estaba en el umbral. No era Miller. Su placa decía "Danny". Era alto, enorme, y tenía una sonrisa perezosa y cruel plantada en la cara mientras me examinaba. —El desayuno es en diez minutos —dijo con voz pausada—. Cuando oigas esa campana, más vale que te muevas rápido. No querrás ser la última de la fila, 7492. Me puse en pie, alisando mi ropa de dormir. —Entiendo, oficial. Él no se movió. Se apoyó en el marco de la puerta, recorriendo lentamente mi cuerpo con la mirada. —Eres nueva aquí, ¿verdad? —Sí, señor. —Mmm... se nota por esa mirada en tus ojos. Todavía crees que eres una persona en lugar de un número —dejó el marco de la puerta y entró. Retrocedí un paso, mi corazón empezó a acelerarse. —Lo siento, señor. Dio dos zancadas, cerrando la distancia entre nosotros. —Rel
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