Mallorca amanecía con una luz limpia, casi insolente. El mar se extendía sereno, como si ignorara por completo las batallas humanas que se gestaban a su alrededor. Desde el balcón de la suite, Camille observaba el horizonte con una taza de café entre las manos. El viento suave movía ligeramente las cortinas, y por primera vez en mucho tiempo, su respiración era profunda, estable. No estaba huyendo. Estaba avanzando. Había pasado la noche revisando planos, ajustando ideas, puliendo conceptos. No por ansiedad, no por miedo, sino por pasión. Trabajar la centraba. Le recordaba quién era antes de convertirse en “la esposa de”. Aquella mañana, Antony había sido claro. —Tómate la mañana libre, Camille. Has trabajado sin descanso desde que llegaste. Ella no discutió. No porque estuviera cansada, sino porque entendía el gesto. Mallorca también era espacio mental. Y ella lo necesitaba. Aunque la razón por la que Antony había dado aquella orden, era porque Hunter lo vería y Antony
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