La puerta del baño se abrió lentamente, dejando escapar una tenue nube de vapor que se disolvió en el aire de la habitación, y Renata apareció envuelta en una bata blanca que apenas lograba cubrir la calidez que aún permanecía en su piel, sus pasos fueron suaves, casi silenciosos, pero no pudo avanzar más de dos cuando sintió aquella mirada sobre ella, firme, inquebrantable, intensa, y al alzar los ojos se encontró con los de Sebastian, esos ojos verdes que parecían tener vida propia, profundos, brillantes, peligrosamente hermosos, observándola sin el más mínimo intento de disimulo Renata se detuvo en seco, su respiración se volvió ligeramente irregular, y el rubor comenzó a subir por sus mejillas sin que pudiera evitarlo, sus dedos se aferraron un poco más a la tela de la bata, como si de pronto aquella prenda no fuera suficiente —No… no me mires así —dijo finalmente, desviando la mirada por un segundo, incómoda, vulnerable. Sebastian no se movió, no apartó los ojos, al contrario,
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