Mundo ficciónIniciar sesión—Mamá, si me escapo de la escuela, ¿mamá también me buscaría?
Avery se detuvo frente a la puerta de la cocina.
El pequeño sentado a la mesa del comedor la miraba con unos ojos grises demasiado agudos para un niño de cinco años.
—Claro que sí, cariño —dijo Avery, forzando una sonrisa.
Leo inclinó la cabeza.
—¿Aunque me vaya muy lejos?
Avery se acercó. Se arrodilló frente a la pequeña silla y observó el rostro de su hijo con intensidad.
—Sobre todo si te vas muy lejos. Mamá siempre se preocuparía.
Leo pareció satisfecho con la respuesta. Volvió a dibujar en el papel con su crayón azul.
Avery observó el rostro de su hijo. Cabello negro azabache, una pequeña mandíbula firme y aquellos ojos grises que se volvían fríos cuando estaba pensando.
Cada vez que Leo miraba así, directamente, el corazón de Avery siempre latía de una forma extraña. Porque sabía exactamente de quién provenían esos ojos.
Avery exhaló lentamente. Ya habían pasado seis años desde aquella noche en el puerto.
Esta pequeña ciudad estaba muy lejos de su antigua vida. Una casa de madera sencilla. Calles tranquilas. Gente que se conocía entre sí.
Aquí usaba otra identidad: ya no era Avery Moretti, sino Ava Clarke.
Una traductora independiente bastante conocida en las pequeñas oficinas de la ciudad. Nadie conocía su pasado, y nadie sabía quién era el padre biológico de Leo.
—Leo —lo llamó Avery.
—¿Hmm?
—Termina rápido tu desayuno. Tenemos que ir a la guardería.
Leo se metió el pan en la boca, frunciendo el rostro con un pequeño puchero.
—No me gusta la guardería.
—A mí tampoco me gustan las fechas límite de trabajo —respondió Avery, intentando convencerlo.
Leo frunció la nariz, cada vez más curioso.
—¿Qué es una fecha límite?
Avery soltó una risita.
—Un monstruo que se come a los adultos.
—¿Ese monstruo tiene dientes? —preguntó Leo con total seriedad.
—Tiene muchos dientes afilados y puntiagudos.
Leo masticó el pan más rápido.
—Está bien. Yo ayudaré a mamá a luchar contra el monstruo.
Avery revolvió el cabello de su hijo, riendo por la adorable curiosidad de Leo.
—Ya me estás ayudando.
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Una hora después, Avery caminaba con rapidez hacia el pequeño edificio de oficinas donde solía trabajar. El edificio tenía apenas tres pisos y la pintura estaba un poco desgastada. Sin embargo, allí era donde la mayoría de las empresas locales gestionaban sus documentos internacionales.
Avery abrió la puerta de vidrio.
—Buenos días, Ava —la saludó una voz alegre desde detrás del escritorio de recepción.
—Buenos días, Diana.
Diana giró su silla.
—Llegaste justo a tiempo. El jefe te está buscando.
Avery arqueó una ceja.
—¿Hay algún problema con los documentos otra vez?
Diana se encogió de hombros.
—Parece que es una reunión importante.
Avery caminó hacia la pequeña oficina al final del pasillo. Tocó la puerta.
—Adelante.
El señor Hans estaba sentado detrás de un escritorio lleno de papeles. El hombre de mediana edad parecía nervioso.
—¡Ava, siéntate!
Avery se sentó frente a él, observando el cambio de expresión en el rostro de su jefe.
—¿En qué puedo ayudar?
Hans se frotó la frente.
—Hay una gran noticia —dijo con un suspiro—.
—Nuestra empresa fue adquirida.
Avery parpadeó.
—¿Por quién?
Hans abrió una carpeta. Aquel logotipo negro apareció en la primera página.
Moretti International.
El corazón de Avery dejó de latir durante un segundo. El ambiente se volvió sofocante.
—No puede ser —susurró.
—El acuerdo se cerró la semana pasada —asintió Hans.
La habitación pareció encogerse. El sonido de las olas de aquella noche resonó de pronto en su cabeza. Fuego, explosiones, el mar oscuro. Dominic.
Avery se levantó de golpe. No quería encontrarse con Dominic.
—Creo que será mejor que renuncie.
Hans se sobresaltó.
—¡Ava, espera!
—No puedo trabajar para ellos.
—No puedes renunciar, estás bajo contrato. —Hans señaló la carpeta.
—Jefe, ¿qué quieres decir? —Avery se tensó, mirándolo en busca de una explicación.
Hans abrió otra página.
—Todos los empleados clave tienen una cláusula de retención de dos años después de la adquisición.
Avery tomó el documento. Sus ojos leyeron con rapidez mientras sus manos comenzaban a enfriarse.
—Conoces la ley —dijo Hans en voz baja—. Si te vas ahora, la multa será enorme.
—¿Qué tan enorme?
Hans mencionó la cifra.
Avery soltó una pequeña risa. No era una cantidad que pudiera pagar ni siquiera trabajando diez años.
—Esto es una locura.
Hans asintió con debilidad.
—La nueva empresa enviará un representante hoy.
Avery cerró lentamente la carpeta.
—¿Quién?
—Un ejecutivo de la oficina central.
Avery miró hacia la ventana. Había pasado seis años escondiéndose, construyendo una nueva vida en aquella pequeña ciudad.
Y ahora ese nombre regresaba como una sombra que nunca se había ido del todo.
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Por la tarde, Avery fue a recoger a Leo a la guardería.
El pequeño corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Leo abrazó las piernas de Avery y sonrió con inocencia.
Avery también sonrió. Toda su vida era su hijo.
—¿Cómo estuvo tu día?
Leo levantó una hoja de papel.
—Dibujé un barco.
Avery se quedó inmóvil por un instante, recordando aquella noche.
—¿Un barco?
Leo asintió.
—La maestra dijo que aprenderemos sobre el mar.
—Es un dibujo bonito —dijo Avery, forzando una sonrisa.
Leo señaló una pequeña figura al lado del barco.
—Esa es mamá.
Avery miró el papel. Una figurita pequeña estaba de pie en el muelle.
—¿Por qué mamá está ahí?
Leo pensó un momento y luego señaló su sien.
—Porque mamá siempre está esperando.
Avery tragó algo amargo que se le quedó atorado en la garganta.
—Mamá no está esperando a nadie.
—Yo estoy aquí.
Avery besó su frente.
—Es verdad.
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Aquella noche Avery casi no durmió. Sus pensamientos no dejaban de girar.
Moretti International.
Ese nombre era como un fantasma golpeando la puerta de su pasado. Se quedó de pie junto a la ventana del dormitorio. Las luces de la pequeña ciudad brillaban tenues. Leo dormía en la habitación de al lado.
Avery cerró los ojos.
Si Dominic la encontraba.
Si veía a Leo.
Solo imaginarlo le oprimía el pecho.
—No —susurró para sí misma.
—Eso no puede pasar.
A la mañana siguiente, la oficina se sentía diferente. La gente hablaba en voz baja, todos vestían ropa formal.
Diana susurró cuando Avery pasó junto a ella.
—La delegación ya llegó.
Avery apretó la carpeta en sus manos.
—¿Dónde están?
—En la sala de reuniones principal.
Avery caminó por el largo pasillo. Cada paso se sentía pesado.
Se detuvo frente a la gran puerta de vidrio. Se escuchaban voces conversando dentro. Un miembro del personal abrió la puerta.
—¡Adelante!
—Bien.
Avery respiró hondo y entró.
La sala de reuniones era grande. Una larga mesa de madera oscura dividía el espacio.
Varios ejecutivos estaban sentados a ambos lados. Pero la atención de Avery fue atraída solo por una persona.
El hombre al final de la mesa.
Dominic Moretti.
Estaba sentado erguido con un traje negro impecable. Su rostro era más afilado de lo que Avery recordaba. Más frío. Más peligroso.
Habían pasado seis años, pero esa aura no había desaparecido.
Dominic estaba hablando con un director cuando levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de Avery.
El mundo se detuvo.
Dominic no se movió. Su mirada quedó fija en un solo punto, como si estuviera viendo un fantasma.
—¿Avery? —murmuró Dominic.
Avery permaneció rígida cerca de la puerta, pero un gerente la presentó.
—Esta es Ava Clarke. Nuestra mejor traductora.
Ese nombre quedó suspendido en el aire.
No Avery Moretti.
Dominic siguió mirándola.
Dios mío, espero que no me reconozca, pensó Avery.
Entonces se dio cuenta de algo.
Por primera vez en seis años, Dominic Moretti parecía haber perdido el control.
Sus ojos recorrieron lentamente el rostro de Avery, como si estuviera confirmando algo imposible.
—Ava Clarke —repitió Dominic en voz baja.
Su voz era más grave de lo que Avery recordaba. Más pesada.
Avery se obligó a caminar hacia una silla vacía y se sentó sin volver a mirarlo. Sin embargo, podía sentir esa mirada como un fuego quemándole la espalda.
Dominic seguía mirándola.
La sala volvió a llenarse con el murmullo de discusiones de negocios. Pero para Avery, todo sonaba lejano.
Un solo pensamiento ocupaba su mente.
Dominic la había encontrado.
Y en esta pequeña ciudad, donde creyó que podía comenzar una nueva vida, su pasado finalmente había despertado otra vez.







