—Al señor Moretti no le gusta esperar, señorita Clarke. Y esta ciudad… digamos que ahora es su patio trasero.
La frase salió con naturalidad de los labios del hombre de traje impecable que estaba de pie en el umbral del apartamento de Avery. Su voz era plana. No había ninguna amenaza física visible. Pero Avery sintió que la piel de su nuca se erizaba.
—¡No me importa! —cerró de golpe la puerta de madera justo en la cara del mensajero.
Apoyó la espalda contra la fría hoja de la puerta. Su corazó