Mundo de ficçãoIniciar sessão—¿Así que esta es la razón por la que no regresaste anoche?
Avery dejó su teléfono sobre el tocador con la mano temblorosa. La pantalla aún brillaba con intensidad, mostrando una fotografía enviada por un número desconocido. En ella, Dominic Moretti aparecía entrando al vestíbulo de un hotel de lujo. Su brazo rodeaba la cintura de Elena, la hija de la familia rival más odiada por el sindicato Moretti. La leve sonrisa de Dominic en la foto se sentía como una cuchilla atravesándole el corazón.
La puerta del dormitorio principal se abrió de golpe con un estruendo. Dominic entró con pasos inestables. Su cabello negro estaba desordenado y su camisa abierta en la parte superior. El fuerte olor a whisky llenó de inmediato la habitación que antes estaba en silencio.
—Quita ese teléfono, Avery —gruñó Dominic sin mirarla.
—¿Dormiste con ella? —preguntó Avery con una voz casi extinguida.
Dominic resopló mientras se quitaba su costoso reloj. Lo arrojó con brusquedad sobre la mesita de noche. Sus ojos enrojecidos por el alcohol miraron a Avery con desprecio.
—Estoy trabajando —respondió Dominic con sequedad.
—¿Trabajando mientras abrazas a tu enemiga en un hotel? —Avery se puso de pie, con las rodillas debilitadas.
Dominic caminó hacia ella hasta que su sombra cubrió por completo el pequeño cuerpo de Avery. Sujetó sus hombros con suficiente fuerza como para dejar marcas. El calor de su cuerpo resultaba asfixiante.
—¡No vuelvas a interrogarme! —susurró Dominic junto al oído de Avery.
Avery cerró los ojos y respiró profundamente. Ya no podía tolerar el dolor que seguía quemando su dignidad. Se soltó del agarre de Dominic. Caminó hacia el cajón del escritorio y sacó una hoja de papel que había preparado desde aquella tarde.
—Firma esto —dijo Avery, extendiéndole el documento.
Dominic entrecerró los ojos para leer las palabras en la parte superior del papel. Su rostro, que momentos antes parecía cansado, cambió en cuestión de segundos.
—¿Buscaste el momento oportuno y ahora me entregas una demanda de divorcio? —preguntó Dominic con una voz muy baja.
—No puedo seguir siendo una muñeca ignorada, Dominic. Yo también tengo corazón y sentimientos. Es mejor que me dejes ir —respondió Avery con firmeza.
—¿Crees que puedes marcharte de mí así como así? —Dominic le arrebató el papel y lo arrugó con fuerza.
—Ya tienes a Elena. ¡Déjame ir, Dominic! —suplicó Avery mientras las lágrimas empezaban a rodar por su rostro.
Dominic soltó una risa que sonó escalofriante. Dio un paso adelante y acorraló a Avery contra la pared, encerrándola entre sus brazos.
—Eres mía, Avery. Tu padre te vendió a mí para siempre —sentenció Dominic.
—¡No soy una mercancía! —gritó Avery frente al rostro de su esposo.
Dominic volvió a sujetar la barbilla de Avery, esta vez con más fuerza que la noche anterior. Su ira estallaba por la sensación de traición. Para él, el deseo de Avery de marcharse era una rebelión imperdonable.
—¿Quieres divorciarte por otro hombre? ¿Quién es? —acusó Dominic con los ojos brillando.
—¡No hay ningún otro hombre! Solo quiero vivir sin este dolor. Y tú siempre me haces heridas… estoy cansada… muy cansada, Dominic. —El llanto de Avery estalló.
Avery golpeó el pecho firme de Dominic con sus pequeños puños. Intentó liberarse de su dominio. Dominic atrapó ambas muñecas de Avery y las inmovilizó por encima de su cabeza. La tensión entre ellos cambió de una pura ira a algo mucho más ardiente y peligroso.
—No irás a ninguna parte —susurró Dominic con voz ronca.
Dominic besó a Avery con brusquedad y exigencia, un beso que reclamaba posesión. Avery intentó resistirse, pero su propio cuerpo reaccionó de forma traicionera. El odio y el deseo se mezclaron en una explosión de emociones.
—Suéltame… no… —gimió Avery entre sus besos.
Dominic no escuchó. Levantó a Avery en brazos y la dejó caer sobre la cama cubierta con sábanas de seda. Marcó la piel de su cuello con pequeñas mordidas que dejaron manchas rojizas. Actuaba como si el mundo fuera a terminar al día siguiente y necesitara reclamar todo lo que le pertenecía esa misma noche.
—Eres mi esposa. Solo yo puedo tocarte —gruñó Dominic.
Aquella noche, el lujo de su habitación se convirtió en testigo silencioso de una lucha emocional devastadora. Dominic unió sus cuerpos con una intensidad desbordante. Cada caricia parecía una cadena que ataba a Avery a él para siempre.
Avery lloró en los brazos de su esposo, dándose cuenta de que ese era el punto culminante de su sufrimiento y, al mismo tiempo, el final de todo.
La pasión alimentada por el dolor dejó tras de sí un agotamiento abrumador. Cuando la tormenta de emociones finalmente se calmó, Dominic cayó profundamente dormido, vencido por el alcohol y la energía agotada. Su brazo musculoso aún rodeaba la cintura de Avery de forma protectora, como si temiera que ella desapareciera en cuanto aflojara el agarre.
Avery esperó hasta que Dominic quedó completamente dormido. Observó el rostro de su esposo bajo la tenue luz de la lámpara de noche. Dominic parecía tranquilo al dormir, muy lejos del monstruo que le había gritado horas antes. Pero Avery sabía que aquella calma no era más que una ilusión.
Con cuidado, Avery apartó el pesado brazo de Dominic de su cuerpo. Se movió con extrema cautela para no hacer el más mínimo ruido. Bajó de la cama con las piernas todavía temblorosas. Su ropa rasgada estaba esparcida por el suelo.
—Ya no puedes retenerme, Dominic —murmuró Avery.
Tomó la carta de divorcio que Dominic había arrugado antes y la alisó con manos frías. Luego tomó una pluma del escritorio de Dominic y estampó su firma. Dejó el documento sobre la almohada vacía junto a él.
—Adiós, Dominic —susurró Avery sin voz.
Caminó hacia el pequeño vestidor en la esquina de la habitación. No tomó ni una sola joya ni los bolsos de lujo que su esposo le había regalado. Solo se puso unos viejos jeans y un suéter negro holgado que había comprado ella misma antes de casarse. Tomó una pequeña mochila que contenía documentos de identidad y algo de dinero en efectivo que había ahorrado en secreto.
Avery miró hacia la cama por última vez. Su corazón pesaba, pero su decisión estaba tomada. No quería morir lentamente en esa casa. Quería vivir, aunque todavía no supiera a dónde ir.
Se deslizó fuera de la habitación con pasos descalzos. Bajó la gran escalera con extremo cuidado, evitando cada peldaño que pudiera crujir. Los guardias frente a la casa solían cambiar de turno a las cuatro de la madrugada. Esa era la única oportunidad que tenía.
—Parece seguro.
Avery logró salir por la puerta lateral que normalmente usaban los sirvientes. El aire frío de la mañana le atravesó la piel, pero se sentía mucho más fresco que el aire dentro de aquella casa. Siguió caminando hacia la puerta trasera que limitaba con un pequeño bosque.
A lo lejos, las luces de la ciudad comenzaban a apagarse para dar la bienvenida al amanecer. Avery siguió avanzando sin mirar atrás.
Solo sabía una cosa: debía desaparecer lo más rápido posible antes de que Dominic Moretti despertara y descubriera que lo que le pertenecía había desaparecido.
Avery llegó a la carretera principal cuando el sol comenzaba a asomar por el horizonte oriental. Detuvo un autobús interurbano que pasaba en ese momento. Eligió sentarse en la última fila mientras observaba cómo la silueta de la gran mansión de los Moretti se volvía cada vez más lejana. Las lágrimas volvieron a caer, esta vez no por tristeza, sino por una libertad que resultaba aterradora.
—Soy libre —murmuró para sí misma mientras abrazaba su mochila. Por ahora, Avery solo quería dormir y olvidar el dolor que aún pesaba en su pecho.







