Al día siguiente, Lilith permanecía en casa con una calma que solo era aparente. El silencio del hogar no la relajaba; al contrario, le permitía escuchar con más claridad sus propios pensamientos.Desde el pasillo, sin hacer ruido, vio a Alexander en la habitación principal preparando su maleta.Doblando ropa con precisión, revisando documentos, cerrando compartimentos con una serenidad que parecía ensayada. Él no se había percatado de su presencia.Lilith se quedó quieta unos segundos, observándolo sin intervenir. No dijo nada. Tampoco entró. En lugar de eso, dio media vuelta y salió de la habitación con pasos suaves, como si no quisiera alterar el curso natural de lo que ya estaba decidido.Pero en realidad, sí lo sabía.Sabía exactamente a dónde iba a ir.Horas antes, cuando Alexander estaba en la ducha, ella había entrado a su despacho. No fue una decisión impulsiva; fue calculada, silenciosa, casi metódica. Encendió la computadora, revisó archivos abiertos, correos, reservas.Enco
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