El amanecer en Bogotá tenía un color particular, un gris acerado que parecía infiltrarse en los huesos antes de que el sol lograra rasgar las nubes. Layla se ajustó el cuello de su chaqueta impermeable, sintiendo el viento helado que bajaba de los cerros orientales. A su lado, en el asiento del conductor de la camioneta, Mateo le ofreció un vaso térmico con café caliente. Ella lo tomó con ambas manos, dejando que el calor traspasara sus guantes de cuero.—¿Lista para tu primer día oficial como directora residente? —preguntó él, con una sonrisa que mezclaba orgullo y una pizca de anticipación nerviosa.—Nací lista, Mateo —respondió Layla, devolviéndole la sonrisa, aunque su estómago daba vueltas.No era miedo a la arquitectura. Había diseñado estructuras complejas en despachos inmaculados de París y Madrid. Su miedo era a la tierra, al lodo, al ruido ensordecedor de las mezcladoras y, sobre todo, a las miradas.La camioneta se detuvo frente a los portones de zinc de la obra, un colosal
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