Iván reacciona de inmediato y baja mi cabeza con firmeza, obligándome a inclinarme contra su pecho mientras su brazo me cubre. Aunque el vehículo es blindado, los impactos comienzan a retumbar contra la carrocería como golpes secos y constantes, demasiado seguidos, demasiado cerca. El metal vibra, el vidrio cruje, y sé que, en algún momento, va a ceder.No pienso en otra cosa que no sea en mi hijo, en mi padre, en mi hermano.—¡Aiden! —grito con todo lo que mi voz alcanza a romper, pero el sonido se quiebra en mi garganta; las lágrimas me ahogan, me nublan la vista, me cortan la respiración.El móvil vuelve a sonar. Se lo arranco de la mano a Iván para responder, pero la llamada se corta antes de que pueda decir una palabra.Es Kate. La llamo de inmediato. No alcanza a sonar el primer tono cuando responde.—¡Dime que los niños están bien!Su voz llega quebrada, atropellada, cargada de pánico. Me dice que ella y los niños se desviaron, que están a salvo por ahora, pero que mi padre y m
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