El tono burlón de Isabella Petrakis flotó en el aire del recibidor, chocando contra la mirada asesina de Aslan. El gigante no retrocedió; por el contrario, cerró un poco más la puerta tras de sí, intentando bloquear la visión del ático, pero Isabella ya había tomado nota de cada detalle: los arañazos en el pecho, el desorden de la ropa y el inconfundible aroma a entrega reciente.—No tengo tiempo para tus sarcasmos, Isabella —siseó Aslan, con una voz que pareció raspar las paredes—. Habla rápido. ¿A qué viniste?Isabella dio un paso hacia el lateral, obligando al enorme cuerpo de Aslan a pivotar para no perderla de vista. Con una parsimonia exasperante, se quitó un guante de seda.—Vine a hacer negocios con el dueño de la torre, pero veo que el león prefiere morder en casa —comentó, lanzando una mirada felina hacia el fondo del pasillo, donde Amara ya avanzaba, acomodándose el vestido con una dignidad implacable—. Aunque, pensándolo bien, mi visita es oportuna. Sé lo de Alistair, Asla
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