Daniela se quedó helada, con la mano aún en el pomo de la puerta, procesando que la mujer que tenía delante no era una enviada de la prensa ni una repartidora despistada. Era la matriarca de los Vance. La realidad de Nueva York no solo había llegado, sino que acababa de entrar por la puerta principal con la fuerza de un huracán gélido.—Bueno, ¿vas a dejarme entrar o te vas a quedar ahí en medio de la entrada para la eternidad? —preguntó la mujer con una voz cargada de una molestia aristocrática.Daniela parpadeó, sacudiendo el estupor de su mente. La mujer era pequeña pero imponente, con una presencia que llenaba el pasillo.—Sí, disculpe —respondió Daniela, apresurándose a hacerse a un lado para dejarla pasar—. Mi nombre es Daniela, encantada de conocerla —añadió, intentando recuperar la compostura y extendiéndole la mano en un gesto de cortesía básica.La mujer, sin embargo, no hizo amago de corresponder al saludo. En su lugar, recorrió a Daniela de arriba abajo con una mirada
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