Me miré en el inmenso espejo de cuerpo entero del ático, pero la mujer que me devolvió la mirada ya no era la estudiante de Economía asfixiada por las facturas médicas de su madre. Tampoco era "Lara", la joya más codiciada envuelta en disfraces y sonrisas falsas. Esta noche no llevaba un vestido de seda negra que se adhería a la piel como una segunda intención. Opté por un traje sastre oscuro, de corte impecable y hombros estructurados, sin absolutamente nada bajo la chaqueta cruzada. Era una armadura diseñada no para seducir, sino para conquistar.Alejandro apareció a mi espalda, su reflejo fundiéndose con el mío. Llevaba su habitual traje oscuro a medida, sin corbata, proyectando esa autoridad gélida que hacía temblar a la ciudad entera. Sus manos grandes, aquellas que la noche anterior habían ejecutado a hombres sin dudar, se posaron en mi cintura con una delicadeza abrumadora.—Estás a punto de volver al lugar donde te compré, Laura —murmuró, su aliento acariciando mi cuello, just
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