El aire en el búnker se volvió gélido, pero no por el sistema de ventilación, sino por la furia contenida que emanaba de Alejandro. El eco del disparo que yo acababa de efectuar aún vibraba en las paredes de hormigón, y el humo de la pólvora flotaba entre nosotros como un fantasma.Beltrán. El viejo lobo que creía que podía mear en las esquinas de un imperio que ya no le pertenecía.—¿Desviando capital? —pregunté. Mi voz no tembló. Sorprendentemente, sonó como el metal chocando contra el suelo: seca, fría y cortante.Marcos asintió, manteniendo la vista en la tablet.—Ha activado una serie de protocolos de emergencia que solo él conoce. Está drenando las cuentas de las constructoras hacia un fondo de cobertura en las Islas Caimán. Cree que, con el caos de los rusos, no nos daríamos cuenta de una "fuga de liquidez" técnica.Alejandro soltó una carcajada que me erizó la piel. No era una risa de diversión, sino el sonido de una trampa cerrándose. Se acercó a la mesa de metal, dejó su arm
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