Un día después de ser detenido, Máximo permanecía en la cárcel de máxima seguridad de Monza, aislado de los otros reclusos por su propia seguridad. Desde su celda, podía oír los ruidos del centro penitenciario, pero su mente estaba en casa –en Ilein, que debía estar cuidando a Julliano; en Vittorino, que jamás había permitido que nadie de su familia pasara por algo así; y en su equipo, que seguramente estaría trabajando día y noche para sacarlo de allí.En la oficina de la empresa Moretti, Vittorino, Marcelo y Salvatore se reunían alrededor de un gran escritorio de madera, con pilas de documentos y carpetas dispersas por todas partes. El escándalo ya había salido a la luz: los medios de comunicación hablaban del “homicidio cometido por el jefe de la dinastía Moretti”, y algunos periódicos sensacionalistas ya habían etiquetado a Máximo como un criminal, ignorando los detalles del secuestro de Julliano.“Los jueces están recibiendo presión desde todos lados –informó Salvatore, quien hab
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