C92. El precio del silencio.
Sebastián FerrariEl dolor me arrancó el suelo bajo los pies, pero esta vez no busqué culpables. La imagen de mi padre destrozado, llorando con los hombros hundidos sobre el cuerpo de mi madre, me hizo comprender que él la amaba tanto como yo. El monstruo egoísta que la abuela Ágata me había dibujado no existía. Solo quedaba un hombre roto, mi papá, sosteniéndome con fuerza mientras la villa se inundaba de un silencio definitivo.Gero se acercó despacio, avisando que los médicos ya estaban en la entrada de la propiedad. Mi padre no me soltó, y yo tampoco quise apartarme de él. Nos quedamos unidos en ese abrazo áspero, compartiendo el peso de un luto que nos pertenecía a los dos.—Estoy aquí, papá —le dije con la voz rota contra su oreja—. No te voy a dejar solo.Él asintió con la cabeza, apretando sus dedos grandes en mi espalda. La tregua que habíamos firmado unas horas antes en el gran comedor no se rompió con la muerte de mamá; al contrario, se selló con sus últimas lágrimas. Mi ma
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