El diario de Ezequiel tenía ciento cuarenta y dos páginas.Las había leído todas cuando llegué a la hacienda. Las había leído de noche, en el cuarto con el olor a moho de la sala sellada, con la letra del padre que no conocí yendo de la descripción técnica del mundo Voraz al registro de lo cotidiano al borde de algo que no nombraba pero que estaba en cada línea.Lo que el Consejo me había entregado dos días antes era otra cosa.El documento oficial —frío, en el idioma de los archivos, sin nada parecido a la voz de una persona— describía a Ezequiel Roux Montecreaux como semivoral de línea documentada, origen mixto, clasificado en la categoría de entidades de percepción reducida. Lo que hacían con él en doscientas páginas de burocracia era reducirlo a categorías.El diario lo hacía humano.Los dos textos abiertos juntos sobre el suelo de la sala sellada producían una conversación que ninguno de los dos había tenido la intención de tener con el otro.Encontré las entradas del período del
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