ÁNGELO—Te agradezco mucho este último favor.—Descuida y recuérdalo muy bien, no puedo tener amistades con un soplón, aunque tu abuelo también ayudó. El viejo vendió el castillo y lo poco que le quedaba.—Sí, José Luis, lo sé, me comento que se siente muy culpable por todo lo sucedido con Ximena, que sabe que tendrá que pagar eso cuando se muera.—Ángelo, ya basta de sermones, debemos concentrarnos en el operativo, no debieron de haber llamado a la policía, eso lo complica todo.—Yo no fui, fue cosa de ella y del detective Das; yo hubiera preferido algo de nosotros.—Puede que sea mejor; ese padre de Max, su verdadero nombre es Giuseppe Lalín, tiene más dinero que nosotros juntos y, por ende, más hombres y medios.—Confió en que lo lograremos, como siempre lo hacemos.—Por supuesto, Ángelo, lo logramos o nos morimos; de cualquier forma, para el hueco nos conducimos.—Puede que eso suceda, pero al menos me llevaré conmigo a Giuseppe; lo enviaré a que se reúna con Max.—Por lo menos es
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