| ALBERTOEl cielo castigaba a la tierra escupiéndole sus kamikazes gotas de lluvia que, al golpear el suelo, le arrancaban pedazos, generando pequeñas explosiones de lodo, justamente en lo que se transformaba esta calle de este nuevo barrio que aún no tenía sus vías con pavimento. Aunque el tiempo parecía detenido en el instante en que Mariana y Alberto encontraban de nuevo sus miradas, fue como si de sus pechos saliera un rayo de luz que los conectara, rompiendo todos los sucesos que los había separado, y en sus oídos les pareció escuchar una delicada música angelical. Hasta qué ocho haces de luz rasgaron el horizonte, enseñando a un enorme jaguar que blandía sus poderosas garras, embistiendo a Alberto, que, aunque se alcanzó a mover esquivando un daño fatal, fue alcanzado a herir en el pecho.—Cacique, déjalo, por favor, déjalo, es Alberto, no tiene nada que ver con Natalia. —Suplico Mariana, con el llanto, escapándosele por los ojos.—No me importa, este es uno de ellos y de los p
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