El viernes por la noche, la firma estaba vacía.Santi Echeverría se había ido a las seis, que era temprano para él. Pati a las siete, que era su hora habitual. El resto del equipo entre las seis y las siete y media.Quedaban Laura y Álvaro.Nadie lo había planificado. Había pasado de forma natural, que era como pasaban en la firma las cosas que no se decían en voz alta: Álvaro tenía un presupuesto que revisar, Laura tenía los planos del segundo bloque de Lisboa que no cuadraban en las proporciones del extremo norte, y los dos habían seguido trabajando cuando todos los demás se fueron sin que ninguno propusiera explícitamente que se quedaban.A las once menos cuarto, Álvaro se asomó al despacho de Laura.—Comida china —dijo, como si fuera la continuación de una conversación que no había empezado—. Hay un sitio en Huertas que tarda veinte minutos.—De acuerdo.Pidieron por teléfono. Mientras esperaban, Laura extendió los planos en la mesa grande de la sala de juntas porque el escritorio
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