Esa noche, la Mansión El Poblado parecía más una fría catedral antigua que una casa. Si normalmente la mansión estaba llena de sirvientes que pasaban de un lado a otro, esa noche el ambiente era silencioso, como si el oxígeno de la habitación hubiera sido absorbido por la presencia de una sola persona. En el comedor principal, cuya larga mesa estaba hecha de madera de teca negra de cientos de años de antigüedad, se sentaba el patriarca Mateo Valderrama.Mateo no parecía un anciano débil. A sus setenta años, su espalda seguía recta, su cabello blanco estaba peinado con esmero, y sus ojos de color acero gris tenían una agudeza capaz de descubrir los secretos de cualquiera a quien mirara fijamente.Valentina entró en el comedor tomándose del brazo a Sebastián. Vestía un vestido de seda de color esmeralda oscuro que le llegaba hasta el cuello pero tenía un corte elegante en la cintura. A propósito, no llevaba demasiados diamantes; quería que Mateo la viera como una persona, no como una
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