POV: ELENAEl Kalahari no es un desierto de dunas, es un desierto de sed y espinas. La arena roja se filtraba por las rendijas de la furgoneta, cubriéndolo todo con un polvo que sabía a hierro y olvido. Ícaro estaba sentado en el asiento del copiloto, con su venda negra puesta, manteniendo un campo de silencio radioeléctrico que nos convertía en un fantasma en el mapa del mundo. Pero dentro de la furgoneta, el ruido era insoportable.Damián estaba muriendo.La herida de su costado, causada por el cuchillo en la cueva de cristal, se había infectado. Sin antibióticos de amplio espectro y con el calor asfixiante del desierto, la fiebre había reclamado su mente.—Damián, bebe un poco más —le supliqué, sosteniendo su cabeza sobre mis piernas en la parte trasera del vehículo.Él no me veía. Sus ojos azules estaban nublados, fijos en un punto invisible del techo de metal. Su piel ardía, y el sudor le empapaba la camisa, mezclándose con el olor rancio de la gangrena incipiente.—No la dejes e
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