El domingo por la mañana, Thomas no se levantó de la cama. Sentía la cabeza a punto de estallar, la boca seca, amarga, y el cuerpo entumecido. Apenas abrió los ojos una vez, lo suficiente para girarse y mirar hacia la ventana. La luz del sol entraba con fuerza, colándose entre las cortinas. Frunció el ceño, molesto, y volvió a cerrarlos. Alicia ya se había levantado. Se giró nuevamente y trató de dormir, pero el ruido lejano de las risas, las voces, y la música suave, terminaron de despertarlo. Aun así, cada vez que intentaba incorporarse, las sienes le latían con fuerza y volvía a acostarse. Tras unos minutos más de lucha inútil, se incorporó apenas lo suficiente para ir hacia el baño. Se levantó con pesadez dando pasos torpes. Entró al baño, se apoyó en el lavamanos y alzó la mirada. Tenía ojeras muy marcadas, el cabello desordenado, el rostro tenso. Abrió la llave de agua y con ambas manos se lavó el rostro, humedeciendo su cabello. Cuando iba de regreso hacia el dormito
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