ISABELLABruno estacionó su coche afuera de un edificio viejo, apagó el motor y soltó un suspiro pesado, pasándose las manos por la cara antes de mirarme.—Llegamos Isa, es en el tercer piso y no hay elevador, así que vamos a hacer pierna —dijo, intentando sonreír para quitarle peso al momento.Asentí, sintiendo que toda la adrenalina de la huida se me escapaba del cuerpo, dejándome un cansancio inmenso. Me bajé del carro con las piernas temblando, Bruno sacó mi pequeña maleta de la cajuela y caminamos hacia la entrada.Subimos las escaleras en silencio, al abrir la puerta de su departamento, el olor a café y pinturas me recibió como un abrazo familiar. Era un lugar chiquito, de una sola recámara, con lienzos apilados contra las paredes y la luz de la calle entrando por un ventanal.—Pasa, mi casa es tu casa —Bruno dejó l
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