El estruendo de los objetos estrellándose contra el suelo retumbó en toda la planta baja. Charlotte y Sarah se tensaron en el pasillo. La abuela, que había colocado la revista con precisión quirúrgica, fingió un sobresalto y corrió hacia el despacho.—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó Charlotte al entrar, con la voz cargada de una preocupación falsa.Dominic estaba de pie en medio del caos. Tenía el pecho agitado y la mirada fija en el vacío. La revista yacía arrugada sobre los restos de una lámpara de cristal.—No quiero hablar con nadie en este momento —soltó él—. Tengo algo importante que hacer.Se dio la vuelta y salió del despacho como un huracán, ignorando los escombros bajo sus pies. Sarah lo interceptó en el pasillo, con el rostro pálido y los ojos muy abiertos.—¿A dónde vas? —le preguntó, estirando la mano para sujetar su brazo—. Acabamos de llegar, Dominic...—Por tu propio bien, no intentes detenerme, nadie lo intente —rugió él.Dominic la apartó con un movimiento brusco, sin
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