La suave luz del sol se filtraba a través de las cortinas entreabiertas. Abrí lentamente los ojos y, parpadeando un par de veces, miré el sofá.Vacío.Por un momento, creí haberlo imaginado todo: su voz tranquila, su preocupación discreta, la calidez de su mano, que aliviaba suavemente mi dolor. Pero mi mirada se detuvo en la toalla cuidadosamente doblada sobre la mesita de noche. Ya estaba fría, como si la hubieran preparado con antelación, antes de irme.Me incorporé lentamente, presionándome la mano contra la cabeza. El dolor casi había desaparecido. Una sonrisa tranquila y tímida se dibujó en mis labios.Un leve sonido provenía del probador.Filipe estaba frente al espejo, ya vestido con una camisa clara y una corbata oscura, ajustándose los gemelos. El mismo hombre que una vez había considerado frío, arrogante e incomprensible. Y ahora, de repente, me encontré pensando: «No es tan mala persona».— Buenos días,— dije en voz baja, un poco avergonzada.Sostuvo mi mirada en el espej
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