El silencio en el comedor era absoluto, solo roto por el tic-tac del reloj y el suave golpeteo de la lluvia en las ventanas. Dos minutos habían pasado desde que Clara le había entregado la prueba de embarazo y la ecografía. Dos minutos que parecían eternos, cargados de todo lo que no habían dicho, de todo lo que habían contenido durante semanas.Marcus seguía sentado frente a ella, la mandíbula tensa, los ojos fijos en los suyos. Su respiración era profunda, controlada, pero la tensión en su pecho era palpable. Finalmente, casi de manera instintiva, extendió su mano y la tomó suavemente, entrelazando sus dedos con los de Clara. Ella cerró los ojos por un instante, dejando que la calidez de su contacto la recorriera, y sintió cómo su cuerpo respondía sin control.—Marcus… —susurró ella, apenas audible, con el corazón latiendo a mil por hora—.Él solo la miró, y en esa mirada había todo: deseo, culpa, miedo, amor y una tensión que ya no podían contener. Lent
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