Alice llegó a las 9:45.No por ansiedad. Por la razón de siempre: era más fácil llegar antes que llegar calculando.El Centro Médico Miami Shores a esa hora tenía esa quietud de lugar que todavía no enciende su jornada completa: dos pacientes en la sala de espera y una recepcionista que ya la trataba como rutina: una sonrisa breve, el nombre correcto, ningún exceso.Alice cruzó la puerta de cristal y dejó que se cerrara detrás.No buscó a Liam. Buscó el mostrador.—Buenos días, señorita Miller —dijo la recepcionista, con la misma precisión con que se dicen las citas médicas.Alice asintió.Se sentó en el extremo opuesto de la sala, espalda recta, el bolso en las rodillas. Lo bastante lejos para que nadie creyera que venían juntos; lo bastante cerca para que, cuando él llegara, no hubiera dudas.No abrió el teléfono.Había enviado el mensaje la noche anterior sin saludo, sin margen:No entres antes de las 9:50. Si te veo en la sala, te vas. Y no vuelves a entrar.No era solo una regla.
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