Las 3:22 de la mañana, según el microondas. Liam lo sabía porque llevaba varios minutos mirando la luz verde del reloj como si la cocina necesitara, al menos, una certeza. El penthouse estaba a oscuras. Solo esa luz barata brillando en una cocina demasiado cara. Alice la había señalado la primera semana. Dijo que era absurda. Él nunca la cambió. Funcionaba. Y lo funcional, para Liam, no requería mejoras.Alice tenía razón en eso también. En demasiadas cosas. El vaso de agua estaba vacío. No lo rellenó. Se quedó apoyado en el fregadero, brazos tensos sobre la encimera, mirando su reflejo en la ventana. La misma camisa de hacía horas. El pelo sin gel. Los ojos de alguien que no deja de dormir, pero ya no descansa. Dormir mal era peor. Te daba tiempo suficiente para pensar.Y te lo arrancaba justo antes de que el pensamiento llegara a alguna parte. Jueves 17 de enero.10:00 a. m.Seis horas y treinta y ocho minutos. Había decidido ir sin saber por qué. No era derecho ni certeza. Era otra
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