La llamada llegó a las cinco y doce de la tarde. El instinto le golpeó de inmediato: sostenerlo, cubrirlo, que nada lo rozara sin pasar por ella primero. Alice estaba en la butaca junto a la ventana de la habitación 114, con Max en el brazo izquierdo y el informe semanal del hotel en la mano derecha, en ese equilibrio incómodo y real donde la maternidad y la dirección ejecutiva no se alternan: coinciden. Todo en Alice se ordenó alrededor de una sola necesidad: protegerlo. La luz de media tarde caía sobre la cuna, la manta doblada en el respaldo de la silla y el cuaderno donde, una hora antes, había anotado las observaciones de Reeves sobre la segunda fase de expansión. El número en pantalla era de Miami y no lo tenía guardado. Alice ajustó a Max contra el brazo antes de contestar. Protección primero. Siempre. En otras circunstancias, lo habría dejado sonar. —¿Sí? —¿Señorita Miller? —La voz era mayor, suave, de mujer acostumbrada a hablar bajo en casas grandes—. Soy Carmen Flo
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